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EL DESTINO DE LOS HERMANOS SANZ

 

“Ello es, Horacio, que en el cielo y en la tierra hay más de lo que puede soñar tu filosofía.”

  • Shakespeare: Hamlet.

 

AL LECTOR

La razón que me llevó a investigar la vida de Elena Sanz se encuentra en las páginas que vienen a continuación. Lo cierto es que todo comenzó, de una manera muy inconsciente, con el simple propósito de llegar a conocer un poco más acerca de la vida y la muerte de Mercedes de Orleans, primera esposa de Alfonso XII. Sobre todo quería llegar a determinar el alcance de las otras, por el momento hipotéticas, relaciones amorosas del rey durante su corta vida matrimonial. ¿Qué buscaba con ello? Simplemente llegar a dar una explicación a lo que algunos cronistas llamaron la inexplicable tristeza de la reina.

Y fue así como la corriente me llevó hasta Elena Sanz, una de las varias mujeres relacionadas con el rey, pero que durante su primer noviazgo y matrimonio difícilmente hubiera podido mantener un idilio con él, por otro lado algo fácil de comprobar. A excepción de que hubieran podido compartir un hombre en fechas distintas aparentemente nada las unía, pero, sin embargo, yo había conseguido interesarme por el personaje.

Los interrogantes que iban quedando planteados en la investigación sobre Mercedes y sus posibles rivales en lides amorosas, y las numerosas vías abiertas, hicieron crecer en exceso la documentación y, como era una lástima perderla, fue necesario partirla. Parte del resultado de todo aquello quedó plasmado en “La verdadera historia de Elena Sanz” y parte del resto en las siguientes páginas.

Lógicamente el tratamiento del tema es distinto al de la reconstrucción de la vida de Elena Sanz, por lo tanto, este escrito está enfocado en poner de manifiesto una serie de hechos, de contradicciones y de lagunas, que existen desde el mismo momento en que comenzó a gestarse la historia y que, a pesar del tiempo, aún persisten; a ese conjunto de inexactitudes y vacíos lo he bautizado con el nombre de las viudas y las huérfanas del relato.

Lamentándolo mucho, ésta sigue siendo una historia que por más que investiguemos seguirá manteniendo incógnitas y misterios y así seguirá mientras no se consiga saber exactamente cuáles fueron las condiciones que pactaron Elena Sanz y los representantes de la viuda de Alfonso XII.

Se sabe que se pagó por su silencio y su entrega de documentación 750.000 pesetas de las de 1880; también se sabe, porque quedó escrito ante notario, que 500.000 de esa cantidad estaban depositadas en valores de la deuda exterior española en un banco, para que, mientras llegaban a su mayoría de edad, los pequeños viviesen, a la digna altura de su rango social, de los intereses que reportaban y llegado el momento retirasen el capital a cambio de no solicitar la filiación paterna, comprometiéndose a ello a través de un acta notarial.

Para que ese depósito, esos valores, o esa fortuna, permaneciesen intactos la única condición que se le exigía a Elena Sanz era no reclamar la filiación para los niños. Pequeña condición para una madre cuando sabe que, solamente con callar sobre el padre de su prole, a ésta le aguarda una fortuna y un status dignos de su real origen; especialmente cuando no se había dado la principal condición para poder solicitar la filiación paterna que era el expreso reconocimiento de sus hijos por parte del rey[1] (para esta afirmación me baso en el simple fluir de los acontecimientos tras el fallecimiento de Alfonso XII).

Lo que se desconocen son las condiciones pactadas a cambio de las otras 250.000, las que le correspondieron a ella, y si existe, o existió, algún otro documento notarial al respecto nunca nadie lo ha esgrimido.

Para la entrega del capital a sus hijos se habían puesto una serie de condiciones, sin embargo ella cobró sus 250.000 al momento, aunque se hubiera explayado públicamente en su relación con el rey, nadie podía reclamárselas. Había cobrado tal y como lo hubiera hecho una heredera legítima de Alfonso XII. El silencio sólo le era exigido para, con él, asegurar el futuro económico de sus hijos, condición que cualquier madre hubiera cumplido gustosa.

No podemos obviar el que a día de hoy sea posible que desconozcamos las verdaderas razones por las que Elena Sanz trató de chantajear en dos ocasiones a la corona y también los avatares por los que pasaron los valores en depósito y la fortuna de los Sanz.

En un primer momento, cuando las aguas volvieron a su cauce tras el segundo chantaje, pensé: “En esta ocasión, Elena ha perdido la guerra”, pero, a día de hoy, no descartaría la posibilidad de que la corona hubiese vuelto a pagar, de una u otra manera, por su silencio.

Vamos a profundizar en una historia que tiene dos discursos: uno de puertas afuera y otro de puertas adentro; por una parte una puesta en escena para los espectadores y por otra,  de cariz muy distinto, las conversaciones y pactos a puerta cerrada que tuvieron lugar entre las partes y que siempre trascendieron tarde y mal, pero que parece a todos convenía que permaneciesen ocultos.

Sólo resta confirmar que, como todo el mundo, no dudamos de que los dos Sanz fueran hijos de Alfonso XII y que nada de lo que viene a continuación tiene que ver con poner en duda el legítimo derecho de unas personas a ser reconocidas y a poder firmar con el apellido paterno si así lo desean, sino más bien con intentar acercarnos, en la medida en que podamos, a una realidad histórica.

 

PRÓLOGO

 

Si este libro está entre tus manos es porque ya conoces la vida de Elena Sanz, razón por la que no volveremos a reiterar o repetir lo que nos alcanza de la suya y nos centraremos en la de sus hijos. […]

A pesar de que nos enfrentamos a acontecimientos históricos recientes, sorprende que haya tanta confusión en lo que hemos sabido sobre ella y sus hijos. Incluso los primeros cronistas, prácticamente contemporáneos a los hechos, nunca han estado seguros de nada. Aún hoy sigue siendo un misterio lo incierto de los datos sobre los dos pequeños Sanz; al hablar de incertidumbre no sólo tendríamos que referirnos a las fechas de sus nacimientos sino también a sus futuras profesiones, a su físico, etc., nadie parece tener nada claro y sobre ellos siempre se ciernen el caos y la confusión.

Se tiene a Alfonso Sanz por el segundo hijo de Elena y el primogénito de Alfonso XII. […]

 

[1] Posiblemente hubiera valido que al menos en alguna de las cartas dirigidas a Elena Sanz, Alfonso XII hubiera utilizado la palabra “hijo” en lugar de “nene”.

 

VIOLETA