ELENA SANZ: SOBRE SUS ORÍGENES NOBLES

SOBRE LOS ORÍGENES NOBLES DE ELENA SANZ Y EL COLEGIO DE NIÑAS DE LEGANÉS

En enero de 1890 una periodista parisina daba comienzo con gran seriedad y al dictado de Elena Sanz una pequeña hagiografía sobre la cantante:

En un convento de Madrid, algunos años antes de la guerra de 1870 crecía una pequeña pensionada, bonita como un corazón, buena como un ángel, alegre como un pinzón.

Así se veía ella y así se vio hasta el fin de sus días, como una tierna criaturita que cierto día ingresó en el Colegio de la Presentación. Aunque con los matices debidos a la ocasión, esa era la imagen que solía transmitir a la prensa. En este caso concreto había convertido el colegio en que se educó en un convento de religiosas y de un plumazo se había quitado algo más de diez años de encima.

Lo que había definido como convento se trataba en realidad de una institución laica administrada por un patronato y a cargo de una rectora.

Su fundación tuvo lugar en 1630 gracias a un legado que Andrés Spínola dejaba en su testamento para la creación de un centro que recogiese a huérfanas y que recibió el nombre de Recogimiento de niñas desamparadas de Nuestra Señora de la Presentación. Se le dotó de unos terrenos para su mantenimiento y de dos edificios: el colegio propiamente dicho y una pequeña iglesia anexa llamada de la Presentación de Nuestra Señora. Hasta su demolición en 1911 ocuparon el solar correspondiente al n º 16 de la calle la Reina que hacía esquina con la de San Jorge (actual Víctor Hugo).

Como su nombre indicaba la finalidad era la acogida de niñas huérfanas o totalmente desposeídas y desde su fundación se regía por unas normas propias, de las que la principal era que se prefiriese para el acogimiento a las de mejor parecer, por la mayor ocasión de perderse, y que de ninguna manera se recibieran a las que tuviesen defectos físicos, que las impidiese conseguir salida para casada, religiosa u otro destino con el que pudiesen vivir con decencia. Quedó fijado que la edad de admisión estaba entre los seis y los diez años y el colegio solo acogería el número de niñas que pudieran mantenerse con sus propias rentas. Es de sospechar que en última instancia quien diese el visto bueno para aceptar a un nueva “acogida” o “recogida” — tras el filtro que podía suponer la rectora — fuese el propio patrono.

El primer patrono de la fundación fue “el Marqués de Leganés” por lo que el colegio fue conocido como el “Colegio de niñas del Marqués de Leganés”, con el tiempo la expresión se redujo a “Colegio de niñas de Leganés”.

Pero pasaron los años, muchos años, y, para poder mantenerse, la institución se vio obligada a adaptar las normas a los nuevos tiempos pues las rentas de que gozaba habían quedado cortas. Con el objetivo de conseguir nuevos ingresos se dio cabida en su interior a otro tipo de muchachas: las pensionistas. Estas últimas eran hijas de la nobleza y de las clases altas y por lo tanto sus personalidades y naturaleza no respondían a los requisitos que se exigían a las “acogidas”. La estancia de estas últimas en el colegio solía ser bastante irregular, ya que podían permanecer en él desde días hasta años, y entraban y salían a voluntad. Posteriormente se amplió la oferta educativa con clases para las externas.

En la década de los sesenta del siglo XIX entre rectora, profesoras, personal de servicio, huérfanas y pensionistas vivían en el n º 16 de la calle la Reina alrededor de medio centenar de mujeres de las que casi un tercio lo representaban las trabajadoras del centro.

El colegio con el paso del tiempo había adquirido fama y prestigio por la calidad de la enseñanza que impartía y estaba considerado como minoritario, elitista y aristocrático. Haberse educado en él suponía tener una inmejorable carta de presentación.

Interior de la iglesia de la Presentación de Nuestra Señora
Web Memoria de Madrid

Si el colegio se hizo famoso por su enseñanza el otro edificio, la pequeña iglesia de la Presentación de Nuestra Señora, no le fue a la zaga por dos importantes razones. Una era que desde su púlpito regularmente daban sus sermones los predicadores más conocidos de la corte, la otra era la calidad vocal de su coro de niñas. [1] En aquel coro  — que acompañaba la liturgia religiosa desde una zona habilitada expresamente para él junto al altar — hicieron sus primeros ensayos varias mujeres que llegaron a ser grandes figuras en el mundo del arte [2] y entre ellas destacó con luz propia Elena Sanz.

 

 

Elena Sanz, considerada por muchos como una de las grandes mezzosopranos del siglo XIX, salió al mundo procedente del colegio de la Presentación y siendo habitual que ella aludiese a sus nobles antepasados —cuando era público y notorio que el colegio del que procedía acogía niñas huérfanas y desamparadas— consiguió desde un principio rodear sus orígenes y su familia de cierto halo nebuloso y misterioso que nunca terminó ni de aclararse ni de disiparse.

Para resolver la contradicción comenzaron a tejerse historias y fábulas que explicaban el que, a pesar de lo aparente, sus orígenes sí eran tan ilustres como ella aseguraba.

La primera incógnita, que era el haber conseguido entrar en un colegio aristocrático siendo como era de origen humilde, trató de explicarse con el razonamiento más lógico de todos los posibles y era que su padre, Manuel Sanz, en realidad no lo era y que lo que teníamos delante era la hija natural (caía por su propio peso) de un noble. Con el tiempo a ese noble se le puso nombre y apellido.

Sin embargo, ella misma, en octubre de 1877 y recién llegada a Madrid, cuando ni siquiera sospechaba lo que le deparaba el destino, había dado respuesta a aquel misterio al declarar a un reportero que ingresó, junto con su hermana mayor Dolores, por razón de orfandad tras el fallecimiento de un padre que dejó más honra que rentas y el derecho para sus hijas de ingresar en un aristocrático colegio (eso es lo que dijo, aunque la frase tampoco era un fiel reflejo de la realidad). Pero esa confesión cayó en el olvidó y perdió fuelle frente al resto de comentarios que aludían a sus nobles antepasados.

Las hermanas Sanz ingresaron en la Presentación en 1856 cuando a ella le faltaba poco para cumplir doce años. Nos encontramos de frente ante la gran irregularidad que suponía la admisión de una niña que superaba con creces la edad reglamentaria. Ya tenemos otro motivo que, sumado al de su sospechado padre, reforzaba la idea de que sus orígenes no eran los que aparentaban.

Tratando de encontrar una base un poco más sólida en los dos argumentos, se vio que dos autores contemporáneos suyos daban en sus escritos respuesta a aquellas dos grandes incógnitas. Se trataba del novelista Pérez Galdós y del aristócrata Julio Quesada de Cañaveral y Piedrola. Aún hubo otra razón que aclaraba en cierta medida sus nobles orígenes y era su parentesco lejano con un aristócrata muy conocido.

Vamos a ver que dijeron los dos primeros y en que queda la lejana relación familiar con el tercero.

QUÉ DIJO DE ELLA GALDÓS

Galdós en la pequeña biografía que le dedica en su novela Cánovas dice erróneamente que entró en el colegio en el año 1863 y a continuación

Acreditados autores dan a entender que la gentil Elenita y su hermana entraron a recibir educación en aquel benéfico instituto por los auspicios o voluntad expresa del representante del Patronato señor Marqués de Leganés, más conocido por los ilustres títulos de Duque de Sexto [sic] y Marqués de Alcañices. 

Ese párrafo sirvió para suponer que con todos los títulos citados se estaba aludiendo a José Isidro Osorio, que fue quien utilizó durante tres cuartos de siglo el título de Duque de Sesto, el más popular de todos los citados por D. Benito. Por tanto, la responsabilidad de las irregularidades recaía en su persona y con ella el honor de convertirse en aquel padre natural y desconocido, que había colaborado en traerla al mundo.

No podemos negar que Galdós estuvo mucho más acertado en otras ocasiones. Pero tampoco podemos juzgar todo lo que escribió sobre ella basándonos en ese párrafo y mucho menos pensar que hay algo incorrecto en sus palabras ya que avisó claramente y de antemano que en algunas ocasiones estaba hablando de imprecisiones que no alteraban lo más importante de la historia que venía a continuación.

El error de su comentario residía en declarar que los tres títulos pertenecían a una sola persona cuando a comienzos de la segunda mitad del siglo XIX, y por muchos años más, el “Marqués de Leganés”, el “Duque de Sesto” y el “Marqués de Alcañices no eran una sino tres personas distintas y en el siguiente orden, a saber: “Vicente Pío Osorio de Moscoso y Ponce de León”, “José Isidro Osorio y Silva” y “Nicolás Osorio y Zayas”.

Parece ser que, en 1856, fecha en la que Elena entra al colegio, el patronazgo lo detentaba Nicolás Osorio y Zayas (y así fue hasta enero de 1866 en que falleció), padre del “Duque de Sesto” y pudo ser a él a quien se presentó la solicitud de admisión y quien dio el visto bueno. 

QUÉ DIJO DE ELLA JULITO BENALÚA

La otra fuente, Julio Quesada de Cañaveral y Piedrola, Conde de Benalúa entre otros títulos, amigo desde la infancia de Alfonso XII — que en teoría parecía tratarse de una de las primarias sobre ella — se atrevió a decir en Mis memorias:

No quiero dejar pasar sin referir aquel fin de año [1870]. Habíamos asistido en Nochebuena a la clásica misa del gallo en el Colegio de las Niñas de Leganés, patronato popular en Madrid, que pertenecía a mi tío, fundado por su antepasado y el mío, Spínola (el del cuadro de las lanzas) con la curiosísima particularidad que su fundación es para Huérfanas cuya condición expresamente exigida es que han de ser de reconocida belleza (por ser de más fácil perdición las guapas que las feas).

Y digo que no he querido dejar de narrar este detalle, porque tengo presente que entonces y con motivo de la función religiosa, cantaba una colegiala, de beldad no vulgar con tan preciosa voz, que llamaba particularmente la atención, y que por este motivo le fue presentada a mi tía Sofía que la alabó y besó mucho.

Germinaba ya en la cabeza de la colegiala (que ya tenía diez y siete años), la idea de dedicarse al Arte.

Aquel ángel de belleza y de voz, era la que más tarde fue famosa tiple, Elena Sanz, de quien hablaré con más detenimiento en lugar oportuno, durante el Reinado de Don Alfonso, después de enviudar de la inolvidable Reina Mercedes.

A partir de los últimos párrafos se ha construido una biografía de Elena basada en que fue Sofía Sesto quien descubrió sus cualidades, que se la presentó a la reina, o que le habló de ella a la reina, que fue pensionada por Isabel II para su educación musical y… desistimos.

Parecía que las aguas de nuevo se dirigían hacia el Duque de Sesto.

Sin embargo, contrariamente a lo que Julio Benalúa recordaba, ese fin de año Elena ya había cumplido veintiséis años y desde hacía dos su residencia oficial entre distintas giras estaba en París y precisamente allí se encontraba en las Navidades de 1870 participando en las funciones organizadas en pro de distintas causas benéficas para mejorar las condiciones de la ciudad sitiada.

EMPARENTADA CON EL MARQUÉS DE CABRA

Aún existe un intento más de ennoblecer sus orígenes, en este caso a partir de su conocida proximidad al político Martín Belda, Marqués de Cabra. En este caso se trataba de hacer del aristocrático político un familiar lejano de Manuel Sanz, el padre de Elena.

Lo cierto es que Martín Belda nació tan plebeyo como Manuel Sanz. Ninguno de los dos varones podía ennoblecer al otro en razón a parentesco, ya fuese este cercano o lejano. De tener algún tipo de vínculo sería mucho, mucho, más que lejano porque no comparten ninguno de los cuatro primeros apellidos, tal como como podemos comprobar: “Martín Belda y Mencía del Barrio y Calabuig y López” y “Manuel Sanz y Mondéjar y Carbonell y Escrivano [sic]”. En algunas ocasiones en la documentación los antepasados de Manuel y él mismo utilizaron el apellido Sanz en su variante catalana: Sans (¡Eran oriundos de Copons!).

A Martín Belda se le concedió el título de marqués durante el reinado de Alfonso XII como reconocimiento a su dedicación a la monarquía en el exilio.

Elena siempre presumió de tío ministro (especialmente en Francia, en España se cuidó más) aludiendo a él.  Sin embargo, utilizar palabras que signifiquen parentesco no siempre quiere decir que detrás haya una relación familiar real.

No parece estar de más recordar que un niño puede tratar de “tío” a un amigo muy cercano a sus padres, alguien puede llamar “hermano” a quien ha puesto su vida en peligro por salvarle, sin que ello signifique que sea hijo de sus padres, aún más, alguien puede llamar “padre” a un mentor espiritual, etc.

Así pues, siguiendo con lo nuestro y con respecto al tipo de relación existente entre Belda y Elena, personalmente, y por el momento, nos quedamos con la primera interpretación, “amigo de la familia” que es la más neutra de todas las posibilidades.

Por lo que hemos comprobado hasta el momento sobre sus orígenes, mientras no aparezca documentación que lo acredite, no parece que fueran nobles, en el estricto sentido de la palabra, aunque no restamos ni nobleza ni hidalguía de espíritu a ninguno de sus antepasados. Comprobando sus ascendientes hasta la tercera generación no hemos encontrado ningún título nobiliario. Con esto no queremos negar la posibilidad de que alguno de sus abuelos o bisabuelos fuera segundón de alguna familia noble.

Hemos visto en qué quedaban todas aquellas alusiones a sus orígenes, sin embargo, la realidad era mucho más simple de lo que todos imaginaban.

QUÉ ERA LO REAL TRAS AQUELLAS HISTORIAS

Cuando Elena entró en la Presentación en 1856 hacía muchos años que era huérfana (precisando, ocho), y su ingreso y el de su hermana no tuvieron absolutamente nada de irregulares porque no lo hicieron por orfandad, por pertenecer a una familia desestructurada, o por el riesgo que corrían de “perderse” por bellas. Lo hicieron como pensionistas y tuvieron que agradecérselo a los buenos oficios de un reciente padrastro que, aunque no aristócrata, sí podía presumir de muy buenos contactos en la corte y que siempre trató de que las hijas de su esposa se beneficiaran de todo lo que su estatus privilegiado podía ofrecerles.

Como pensionista en aquel colegio vivió Elena desde su cascabelera pubertad hasta casi alcanzar su mayoría de edad. Pero aquella estancia no se trató de un férreo y triste internado sino de algo mucho más agradable y relajado. Durante ese tiempo compaginó sus estadías por estudios con viajes de placer y temporadas con una familia que la quería y protegía.

Y en aquella recogida, pero exquisita, iglesia de cruz griega aledaña destacó en sus coros. El resto es de sobra conocido.

Abandonó el colegio poco antes de cumplir veinticuatros años, y al marchar dejó tras de sí a más de una compañera que la superaba en edad

Sus orígenes quizá no fueron tan nobles como ella dejaba entrever y se está pretendiendo, pero eso en nada afectaba (como bien diría Galdós) al registro de su voz, a la potencia de sus pulmones, y mucho menos a su espectacular belleza que siempre elevó los ánimos y obnubiló las mentes masculinas en cuanto hacía acto de presencia en un escenario.

 

© Miren Urgoiti 

 

[1] Las dimensiones de la iglesia se aprecian claramente en la fotografía de su interior que se conserva. El escaso centenar de sillas que se ven (más bien que se suponen) en ella rebasan la zona del crucero y el brazo en el que está situado el altar nos da la medida del resto. Los comentarios que nos han llegado aluden a que el coro de niñas cantaba tras celosías y junto al altar. En la pared lateral derecha se aprecia la existencia de un hueco o habitáculo vestido con un estor de tapicería y ligeras corinas, pienso que podría tratarse de una capilla lateral o de un lugar habilitado para los patronos o personajes importantes que acudiesen a las ceremonias. Es posible que en la pared lateral izquierda existiese otro espacio similar en su caso cerrado por celosías, donde se colocase el coro de niñas. También es posible que los comentarios que se hacían aludan al que se ve en la fotografía y que la palabra “celosías” se estuviese utilizando como un sinónimo de “entre bastidores” sin que el espacio obligatoriamente estuviese cerrado por en enrejado.

[2] Una de las educandas que llegó a ser la más grande en el mundo del arte, aunque no el musical, y que permaneció en el colegio como interna durante dos años fue la catalana Elisa Mendoza Tenorio.