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OTROS BASTARDOS REALES

OTROS BASTARDOS REALES

Pocos temas despiertan tanto interés como el de los bastardes reales. Frente a unos matrimonios en los que lo habitual es topar con la fría razón de estado y que carecen de ese glamour que nos permite entrar en el mundo de la fantasía y alejarnos del cotidiano gris, parece que, por el contrario, tras sus bastardos se esconden las debilidades y la verdadera naturaleza de las testas coronadas, cuando sus portadores se desprenden de gemas y armiños, y ahí sí tenemos materia prima para el ensueño.

En las dos últimas décadas hemos visto multiplicarse y proliferar esa especial clasificación del genero humano (bastardo real),  en muchos casos sin que tras sus atribuciones hubiera una mínima justificación, corroborada por algún indicio  verificable y cierto.

A pesar de que al aplicar la simple lógica a algunos casos singulares puede parecer que intentamos desprenderles de esa aureola mágica que les otorga la bastardía, somos de la opinión de que la realidad siempre supera la ficción, y que, posiblemente, lo que ha dado en llamarse, el silencio de los alcázares esconde muchos más misterios y miserias de los que nunca alcanzaremos ni tan siquiera a imaginar.

Casi nadie discute que una de las características comunes a la dinastía Borbón del siglo XIX fue un apetito sexual desmedido y que, si en algún caso se trató de pasión desbordada, en algún otro rozó la lujuria. El siglo comenzó cuando mediaba el reinado de Carlos IV, y según iba avanzando los tres reyes que, sucesivamente, subieron al trono,  fueron: Fernando VII, Isabel II y Alfonso XII. También tuvieron lugar las regencias de dos mujeres, diametralmente opuestas, a las que no arredró el poder: las Cristinas.

Hemos visto un siglo con cuatro reyes, que necesitaron dar continuidad a la dinastía a través de matrimonios legítimos y se formaron cuatro parejas que no siempre se mantuvieron fieles a los votos contraídos.

Y ya hemos topado con el meollo de la cuestión y se hace obligatoria una parada, para observar y tomar consciencia del distinto resultado que se obtiene, dependiendo de cual de los dos componentes de la pareja es el infiel. Si lo son los varones tendremos hijos bastardos, a secas; si, por el contrario, lo son las hembras, lo que tenemos son hijos bastardos, sí, pero putativos de alguna real persona, y mientras no se demuestre su verdadero origen y se tomen las medidas consecuentes, tienen pleno derecho a acceder al trono y a seguir multiplicando desde él la semilla de un Godoy, la de un Puigmoltó…

Y retomamos nuestra historia.

Carlos IV  fue un hombre apocado y con su esposa María Luisa de Parma entraba en la dinastía el gen de la intemperancia sexual y la oscura sombra que le acompañaba: la duda sobre el verdadero origen de su descendencia; en su caso se plantea, por primera vez, la existencia de los hijos putativos dentro de la legitimidad. Las sospechas que los madrileños susurraban en voz baja en los corrillos, Goya, valientemente, las plasmó en su obra maestra “La familia de Carlos IV” y con Fernando, ese heredero al trono que todos consideraban de procedencia un pelín dudosa, comenzaba el reinado del primero de los presuntos hijos putativos del rey, con lo que ello suponía para la legitimidad de la dinastía y para toda su posterior descendencia.

Las dos hijas que Fernando VII dejó tras su prematura muerte, Isabel y Luisa Fernanda, fueron de condiciones psicológicas y físicas muy diferentes y la relación que ambas mantuvieron desde su infancia con su madre, la viuda de Fernando VII, también muy distinta; de alguna manera Isabel siempre dejara caer que de las dos la preferida de su madre era Luisa Fernanda.

Mientras que Isabel tuvo una infancia enfermiza y los médicos le auguraban una muerte prematura, (posiblemente padeció una sífilis congénita, heredada de su padre, posibilidad que explicaría sus depresiones, su inestabilidad psicológica y sus numerosos abortos), Luisa Fernanda, por el contrario, era sana, de mente lúcida y personalidad ecuánime.

La descendencia de las dos fue también muy distinta; mientras que muchos de los retoños de Isabel nacían muertos, o fallecían al poco de nacer, los de Luisa Fernanda eran fuertes y sanos y muchos  encontraron la muerte en su adolescencia o juventud.

La relación de Isabel con su madre no fue especialmente buena, y recordemos aquella frase que se le atribuye: “Mi madre nunca me quiso, porque odiaba a mi padre.” (¿?); frase que, de ser cierta, deja en una situación un tanto equivoca a su hermana Luisa Fernanda.

Sobre los hijos de Isabel, que llegaron a la edad adulta, nuevamente recae la sospecha de putativos, desde la primogénita, apodada por  el pueblo con el sobrenombre de la Araneja, pasando por Alfonso, llamado por la misma fuente el Puigmoltejo, hasta las tres hermanas pequeñas a las que se supone hijas de un Tenorio, tema sobre el que hay dudas razonables, pero sin que se pueda garantizar con total seguridad que ese origen sea cierto; lo que si era público y se repetía en los mentideros, era  que a las tres pequeñas no les correspondía el Borbón como primer apellido.

¿Qué pasa con la descendencia del último de la lista: Alfonso XII? En este caso la posibilidad de los putativos  desaparece totalmente por la intachable personalidad de la mujer que le dio su descendencia legítima: María Cristina de Habsburgo.[1] Con él entra en liza un único concepto: la bastardía. Se le reconocen, al menos, tres hijos bastardos,[2] sin embargo soy de la opinión que posiblemente no sean los únicos, además no creo que Alfonso Sanz sea su primogénito; se basa esta suposición en que las tres relaciones más importantes que se le conocen, tuvieron  felices consecuencias ipso facto, a saber: Mercedes de Orleans tiene un aborto a los dos meses de casada; Elena Sanz queda embarazada en uno de los primeros encuentros (si no el primero) y finalmente su esposa María Cristina quedo embarazada de su primogénita dentro de las dos semanas posteriores a su enlace matrimonial.

En el momento de contraer su primer matrimonio Alfonso tiene ya veinte años y posiblemente algún escarceo a sus espaldas,  es por ello que no descarto que, de haberlo habido, también hubiese sido fructífero, aunque, por lógica, se hubiese tapado convenientemente. Recalco que la idea es simplemente una sospecha, visto lo visto.

Hasta aquí hemos contemplado solamente una de las facetas del comportamiento sexual de la línea principal de la familia reinante, sin embargo las sospechas de deshinbición sexual han salpicado otros nombres de la estirpe, como es el caso de la infanta Eulalia de Borbón, la hija menor de Isabel II. Su fama de inconformista y liberal comenzó a gestarse cuando su matrimonio con el infante Antonio de Orleans hacía aguas y ya agonizaba el siglo; para esas fechas ella ya era madre de dos niños, pero sin embargo en su primera juventud y para sus contemporáneos fue casi tan ortodoxa y convencional como lo fueron sus hermanas.[3]  Las sospechas sobre los devaneos de su primera juventud están tomando cuerpo en fechas tan tardías como comienzos del siglo XXI , y precisamente de esto, es de lo que queremos hablar con un poco más de extensión.

VIOLETA

[1] Lo cierto es que en su día circularon muchos rumores sobre la legitimidad del hijo póstumo de Alfonso XII. Pare que en este caso prevalecía la idea, más que de la posible infidelidad de María Cristina, la de que se había suplantado al bebé. El nacimiento de una varón póstumo, que supuso no sólo la permanencia de la familia real en el trono, sino que también alejaba el temor de una guerra civil, pudo parecer casi milagroso, y dar pie a toda suerte de especulaciones.

[2] En realidad a día de hoy se habla de cinco o seis pequeños, pero no parece que haya una base sólida sobre la que asentar la autenticidad de alguno de los casos.

[3] Se sabe que con dieciocho años no le gustaba bailar con hombres que tuviesen la edad de su padre, que en cierta ocasión fumó un cigarrillo a escondidas de su hermana mayor, y alguna cosa más de esa naturaleza. Posiblemente la rigidez que su hermana mayor, Isabel, imponía en la educación de las más pequeñas, provocase en ella reacciones de rebeldía.